Blog de Antonio Gutiérrez

La vida es movimiento, el movimiento es vida

Menos enfados, más Salud Capítulo I

1 comentario

Menos enfados, más salud“Malos humos al volante”

El intermitente indicaba que iba a aparcar hacia la izquierda. Pude observar que tenía una pequeña dificultad para estacionar por lo que esperé pacientemente a que lo hiciera. De repente el coche se detuvo bruscamente. El conductor bajó, cerró la puerta de un golpe y se dirigió hacia mí con cara de pocos amigos…

– ¿Qué pasa tío? ¿Es que no puedes esperar? Te voy a dar una…

Menos mal que le vi venir. Enseguida modifiqué mi postura para darle un mensaje de “no violencia”, bajé el tono de voz y le dije:

– Perdón, señor, ¿ha oído usted en algún momento que le llamase la atención o diera señales de impaciencia?

– No –contestó.

– Entonces, ¿por qué se enfada conmigo? ¿No se da cuenta que estoy parado esperando a que usted pueda aparcar? –le dije. Refunfuñando, con palabras incoherentes que no pude identificar, se fue.

No hace falta ser muy observador para darme cuenta de que la adrenalina está situada al borde de nuestra piel y que a la mínima provocación, cierta o no, fabricada por nuestra mente, saltamos. La hipersensibilidad a las cosas o personas que nos rodean puede ser muy bien, un síntoma de irritabilidad. Ollas a presión que sólo necesitan aumentar un poco más la temperatura para dar señales de que ya está hirviendo.

 

Estoy seguro que al momento de haber leído esta breve historia ha recordado alguna situación personal o de terceros que tiene que ver con las reacciones iracundas. El enojo, la ira, pueden ser momentáneos, pasajeros, pero también tener raíces muy profundas. Entendiendo por raíces aquello que está oculto a los ojos de las personas. Son esas áreas de nuestra vida que otros no ven, y que algunas veces ni nosotros mismos vemos. Por ejemplo la amargura.

El ser hijo de un campesino me ha ayudado a entender muy bien lo que son las raíces.

– ¿Ves esta hierba hijo? –dijo mi padre al mismo tiempo que me señalaba una verdolaga (hierba que crece con mucha fuerza).

– Sí, papá, ¿la quito? –le dije entusiasmado. Como a todo niño, me encantaba hacer cosas nuevas, y eso de quitar la hierba era un nueva experiencia para mí.

– Sí, la puedes quitar, pero antes hay que ablandar la tierra y luego tirar poco a poco del tallo más grueso –me dijo al mismo tiempo que me mostraba con sus manos cómo hacerlo.

A mi padre le encantaba enseñarme todo lo que sabía acerca del campo. Apenas había ido a la escuela, pero puedo asegurarle que para mí era como un licenciado en “herborología”, ingeniería agrónoma, “avisperólogo” (tenía una especial habilidad para tratar con las avispas, nunca le picaban a pesar de que las ponían sobre su piel), terrólogo (conocía todas las tierras, cuál era la mejor para cada planta) y “semillólogo” (le sacaba provecho a todas las semillas que él mismo apartaba y secaba). ¡Eso por lo menos!

 

– Papá, ¿por qué hay que humedecer la tierra? ¿No sería más fácil arrancarla en seco?

Yo quería coger aquella mala hierba y tirar con todas mis fuerzas. Mi paciencia estaba siendo probada. Lo quería hacer y… ¡ya!

– No, no debes tirar en seco, si lo haces así lo más probable es que pasen dos cosas: que se rompa el tallo y la raíz quede adentro, por lo que volverá en poco tiempo a brotar y por otra lado, si tiras con fuerza las semillas que están en esas ramitas caerán en la tierra y brotarán otras hierbas– me dijo pacientemente.

¡Qué listo era mi padre! Me estaba enseñando sin saberlo (o quizás sí) una ley de la economía: No trabajar dos veces. Uno por “arrancar mal” la hierba y la otra, volver a arrancar otras por haberlo hecho mal la primera vez. Sabiduría popular. Gracias, padre.

 

No estás en este momento a mi lado, te marchaste hace ahora tres años, pero tu tiempo conmigo no fue en vano. ¡Cuántas cosas me enseñaste entonces! ¡Ahora empiezo a entenderte!.

Quisiera poder abrazarte. Sé que lo que más te agradaría sería que pusiera en práctica lo que me enseñaste. Tengo pocos recuerdos de ti, estabas muchas veces fuera de casa, pero los momentos que te tuve a mi lado nunca los olvidaré. Tus bromas, tus juegos, tus ocurrencias… gracias por tu sabiduría y tu cariño.

 

Comenzó regando, tanto las tomateras como las hierbas, y después, cuando el agua había penetrado y humedecido las plantas, empezó a quitar las malas hierbas. Primero, con una mano apartaba la tomatera sin llegar a romperla, la mimaba, sabía que el fruto de esa hortaliza iba a ser su alimento. Luego apoyaba la mano abierta sobre la tierra de tal manera que el tallo de la hierba quedase entre el dedo índice y el pulgar, con la otra mano cogía el tallo lo más próximo a la tierra y tiraba de forma lenta, sin prisas, quería sacar aquella mala hierba desde la raíz. Tiraba poco a poco, yo le observaba, tenía curiosidad por saber cuán profunda podía ser.

 

Vi realizar esa maniobra una y otra vez durante años. Observar aquel espacio de tierra limpio me alegraba. Mi padre se sentía satisfecho contemplando la belleza de las hortalizas, se sentía satisfecho por el trabajo que había realizado. Disfrutaba comiéndose un tomate jugoso con un poco de sal, allí mismo, junto a la tomatera. Lavaba el tomate con la misma agua de la acequia, cogía su pequeño cuchillo, acercaba su nariz al tomate, lo olía, hincaba sus dientes y comía el fruto de su trabajo.

 

Quizás mi querido/a lector/a esté pensando qué tiene que ver esta historia agrícola con los enfados, la ira y la amargura. ¡Pues muchísimo!, pero como considero que si ha escogido leer este libro es porque tiene “hambre” o simplemente le apetece relajarse, distraerse y ha cogido lo primero que tenía a mano. Por ello no quiere quitarle el placer de que usted mismo/a averigüe –y sé que lo hará– qué relación hay entre ambas cosas.

Soy un admirador de la naturaleza y de su Creador, soy un apasionado de la enseñanza y aprovecho, siempre que puedo, a despertar la curiosidad de mis lectores o de mis oyentes. Por eso amigo, amiga, aunque tengo muchas ganas de “revelar los misterios docentes” de la naturaleza aplicados a la vida diaria, no lo voy a hacer (por de pronto). Siga leyendo y ¡anímese, que seguro le ayudará a arrancar sus “malas hierbas”!

 

– Os voy a suspender a todos, sois unos mal educados –gritaba mi profesor de matemáticas– al mismo tiempo que pegaba una patada a uno de mis compañeros de clase.

Su cara estaba roja, congestionada, sus músculos tensos, sus puños cerrados, la mandíbula apretada y su mirada cargada de fuego.

La ira le había cegado, no se daba cuenta de lo que estaba haciendo. Cuando estaba bien era correcto, educado, comprensivo; pero cuando se enfadaba no tenía amigos. Al primero que pillaba le arreaba un guantazo. Cierto es que no éramos ningunos angelitos pero, a mi modo de ver hoy, creo que sus manifestaciones eran muy exageradas. Ese día estaba de malas pulgas. Su paciencia había llegado al límite, cogió a mi compañero por los pelos de la cabeza –que por cierto, la tenía muy dura– lo sacó de su pupitre, (uno de esos que tenía que levantar la tapa para poder sacar tus cuadernos y demás enseres colegiales), lo arrastró hacia su mesa, lo tiró al suelo y empezó a pegarle patadas.

Han transcurrido treinta años desde aquel hecho y aún sigue vivo en mi memoria.

 

¿Qué debió pasar por la cabeza de ese hombre para realizar tal barbaridad? Ya entonces, probablemente por lo que había aprendido de mi padre, tenía curiosidad e interés en saber por qué un hombre adulto podía perder el control de esa forma.

 

Más tarde supe que había sufrido mucho durante la postguerra, incluso una metralla había dañado una de sus piernas, provocándole una cojera para toda la vida – por eso le llamábamos el “profe subeybaja”. (No molesta al lector?) No recuerdo que habíamos hecho ni dicho, pero debió ser algo gordo para que él se enfadase de esa forma. O no, quizás estuviera irritado por otros motivos y nuestra conducta solo fue el detonante o la chispa que prendió una vida regada con gasolina. No estoy en ningún momento justificando su conducta, no fue correcta, es cierto, pero ¿cuántas veces nos salimos de nuestras casillas, explotamos, no medimos las palabras y causamos daños, además de a uno mismo, a otros?

 

Muy poca gente está exenta de enfadarse, en todo caso, algunos parece que no se alteran y sin embargo tienen una ira reprimida, que no sé que es peor (ser objetivo), vomitando y salpicando a los que tiene por delante cuando llega a su límite de aguante.

 

Es muy común en el ser humano descargar su ira sobre terceros, especialmente sobre los más débiles o inocentes. La ira puede ser muy peligrosa. ¿Cuántas heridas e incluso muertes a causado la ira descontrolada? Hechos, palabras o pensamientos que han tomado el control de la persona y le han guiado a tomar decisiones incorrectas o actuar equivocadamente.

 

Ahora bien, ¿qué es la ira? La ira, junto al placer y el dolor, es una de las emociones que se manifiesta más tempranamente. Se manifiesta ante múltiples causas desde la existencia de obstáculos que dificultan la satisfacción de un deseo, pasando por el sentimiento de amenaza física o psicológica, hasta la sensación de frustración ante una situación de injusticia, cierta o no.

Todos hemos experimentado en alguna ocasión este tipo de sensaciones y reacciones, e incluso nos podemos haber sentido confusos al no comprender por qué actuábamos así.

Aquellos que tienen niños lo pueden entender muy bien. Hay situaciones en las que perdemos el control ante nuestros hijos. Es nuestro deseo que aprendan, que crezcan, que maduren, nos gustaría que fueran dóciles y que frente a lo que deseamos enseñarles fueran capaces de obedecer y aprender; pero la realidad muchas veces es otra. Como padres nos sentimos impotentes ante sus respuestas, no entendemos muy bien su comportamiento y la frustración que sentimos nos conduce a los enfados, amarguras y poco a poco a descargas de ira.

 

Es importante entender que la ira en sí no es mala, es necesaria. A través de ella, manifestamos lo que hay en nuestro interior. Con ella mostramos indignación ante las injusticias, pero también es cierto que con ella controlamos a otros. La ira puede volverse contra nosotros ya que produce una serie de reacciones fisiológicas que, de continuar, pueden causar disfunciones orgánicas y a través del tiempo enfermedades. Ver relación

Algunos autores como Averill (1982) han clasificado la ira en diferentes tipos: la ira malévola, la ira constructiva y la ira explosiva.

¨La ira malévola es una expresión cuyo objetivo es destruir o vengarse de otra persona,

vengarse por una injusticia súbita o manifestar y expresar odio y

desaprobación de cualquier forma; la ira constructiva, que tiende

a modificar el comportamiento ajeno, a consolidar la estrecha relación con

quien se produce la ira, a afirmar la propia libertad e independencia, a

conseguir que los demás hagan cualquier cosa útil para sí mismos o

para los demás; la ira explosiva, que sirve principalmente para liberar la

tensión y manifestar la agresividad, con la probable función añadida de

romper los lazos o de reponerse de una injusticia súbita

(Estrés de la adaptación a la enfermedad. Elementos centrales

        de la ira. Pág.93. Promolibro. Valencia 1998.

 

Según Averill, siete de cada ocho personas manifesta esta emoción, más o menos intensamente, una o dos veces por semana. Siendo en muchos casos superior. Ahora, si hablásemos de irritación o enfado aumentaría considerablemente esta cifra. Hay personas que están en un constante estado de ira, irritabilidad, enfado o amargura.

 

Una anécdota sobre la ira: La justicia impartida desde los tribunales admite que si una frase o acción ha sido realizada mientras el sujeto estaba experimentando un ataque de ira, será tenida en cuenta como atenuante, ya que se considera que el sujeto en cuestión no fue enteramente responsable de sus acciones. ¿Interesante verdad? Esto indica la fuerza que puede llegar a ejercer sobre nosotros esta emoción.

 

 

Todos ofendemos muchas veces.

La ofensa puede ser una descarga de ira sobre los demás

 

Desde nuestra perspectiva “ Menos enfados, + salud”, nos interesan todas las variantes de esta emoción. Alguno pensará, “yo sólo me enfado un poquito”, otro “sí, ya sé que exploto, pero luego se me pasa”, y otro “era necesario que le cantase las cuarenta, se tenía que enterar quien era yo”. No menospreciemos estas expresiones creyendo que no nos afectan. Todas estas formas de manifestar la ira son susceptibles de hacernos o hacer daño dependiendo de la intensidad, frecuencia y estado tanto personal.

 

Tenemos que reconocer que desde pequeños se nos ha enseñado que debemos controlar la ira, especialmente a sus manifestaciones externas. Y algunos por carácter lo han conseguido, pero no olvidemos que la ira reprimida puede ser tan peligrosa como la ira expresada. Ya lo iremos viendo.

 

Autor: Antonio Gutierrez Fisiocoach

Fisioterapeuta, especializado en Terapias Manuales y Naturales. Posgrados: Dietética y Nutrición, Sofrología Clínica, Master en Educación para la Salud, Master en Psicología y Gestión Familiar,Master en Inteligencia Emocional, Coach de Salud. Experto Universitario en Coaching y Formación Organizacional, NeuroCoach (Neurocoaching & Coaching Insitute ,Diplomado en Neuropsicología Clínica, Autor del Libro Viva el Estrés y de la Serie Emociones y Salud ( 9 libros). Imparte cursos de Gestión y Control de Estrés y Talleres de Crecimiento y Desarrollo Personal en España y Latinoamérica

Un pensamiento en “Menos enfados, más Salud Capítulo I

  1. Ni que hubieras estado hoy conmigo, yo he explotado en ira y últimamente se está volviendo algo habitual….. Gracias por tu artículo.

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